
Pero tal vez haya un modo único de privarse del disfrute que el fútbol puede dar: el exitismo. El exitismo es la asimilación de lo bueno al éxito y de lo malo, al fracaso. Esa asimilación, además, es absoluta. Todo lo hecho por un equipo es bueno si ganó y, a la inversa, todo malo si perdió.
“La gloria o Devoto”, como en su momento dijo —todavía con algo de literatura— el Bilardo jugador. “Nadie se acuerda del
ya siendo técnico, y quizá por eso despojado de todo vuelo.
(Hay otras igual de sofisticadas: “sólo sirve ganar, el que pierde es
un idiota”; “hay que ganar como sea”; o, como se dice en España, “ganaremos por lo civil o por lo criminal”.)
Probablemente el fútbol sea el juego que más pierde con el exitismo, porque su lógica es la más impredecible, frágil y matizada de todos los juegos, la que más cabida da a la injusticia en el resultado (no en el trámite: ahí radica lo apasionante). A diferencia de otros juegos, en el fútbol el que juega peor (atención: no menos estéticamente, sino peor) puede incluso ganar.

Pero el fútbol no es necesidad, sino contingencia. El resultado no es consecuencia mecánica del juego. Entre ambos, se puede colar lo imprevisible. Eso es lo que el exitismo no puede tolerar, ni quiere pensar. No casualmente, una característica de los exitistas —sobre todo si son entrenadores— es que buscan controlar los elementos del juego como si de una ecuación se tratara.

Para comentar el resultado, no hace falta saber del juego. Pero para entender el juego, hay que olvidar el resultado.
1 comentario:
Clap! Clap! Muy buen artículo. Ideal para nuestro país, donde SIEMPRE hay que ganar y a cualquier precio.
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