9 de junio de 2008

River Plate como metáfora

Y una tarde, River volvió a ser campeón. El club de la banda sangre acaso haya sido el mejor del torneo, y poco más se puede decir, futbolísticamente hablando. Pero injusto sería pedirle al fútbol argentino de los últimos años aquello que ni siquiera el fútbol de las ligas que cuentan con los mejores jugadores del mundo puede lograr: buen fútbol, grandes equipos, figuras que enseñen los secretos de siempre del juego y que —a la vez— amplíen ese repertorio.




Ni siquiera los campeones de las poderosas ligas de Europa practican buen fútbol ofensivo, siendo como son auténticas selecciones mundiales. Es decir, equipos con un potencial que supera incluso el que pueda tener a su disposición el seleccionador de Brasil, Italia, Alemania, Inglaterra o Argentina. Ni el Real Madrid, ni el Manchester, ni el Barcelona, ni el Inter, ni el Milan practican un fútbol a la altura de los jugadores con que cuenta (todavía se recuerda el papel del Manchester, a la postre campeón de Europa, en la eliminatoria contra el Barça en el Camp Nou).

Muchos de ellos no alcanzan a ser un auténtico equipo o, si lo son, lo consiguen a fuerza de poner el esfuerzo colectivo al servicio del músculo, la presión, la destrucción (“el equilibrio”, como se dice ahora), más que la creación, el vuelo y el juego ofensivo. El último equipo que jugó un fútbol imaginativo fue el Barcelona dirigido por Rijkaard, que consiguió la Copa de Europa de 2006. Pero no llegó a marcar una época, se diluyó tras esa conquista, a pesar de sus grandes jugadores, y por eso algunos interrogantes quedaron abiertos acerca de su real valía como equipo histórico.

Si ése es el panorama del fútbol que se nutre de las promesas mundiales (las argentinas entre ellas), absurdo sería pedirle a un equipo de la liga nacional que fuese algo más que el campeón local, el ganador del torneo. Los tiempos se ha acortado tanto, a tal punto el único sentido del fútbol argentino o brasileño es el de funcionar como cantera del fútbol europeo (pero también mexicano o ruso…), que hasta se vuelve difícil elegir qué equipo nacional es el mejor de todos.

No puede haber un equipo mejor si no hay un recorrido, si ni siquiera juegan todos contra todos, sin un tiempo de maduración y de superación, como el que proporcionaba antes un torneo largo, una temporada, a lo largo de la cual se veía la valía de un equipo no sólo por lo que hacía de bueno, sino también por cómo se reponía de los inevitables altibajos de una campaña, de las ausencias de algunos de sus jugadores (lesiones, suspensiones), de la mala fortuna, de los errores arbitrales, etc. Hoy se ha vuelto difícil distinguir al equipo campeón del que ha logrado el indudable mérito de construir una buena racha. Pero como lo que importa es quién gana, incluso cuando de torneos inverosímiles se trata (y el aficionado sabe cuáles son los que valen y cuáles no), y no quién tiene un buen o gran equipo que además logra triunfos, se habla incluso con gravedad del gran triunfador… ¡del semestre!



Y vale más el ejemplo si el protagonista es River Plate. Porque su historia está marcada —más allá de los lugares comunes del marketing y la histérica necesidad de diferenciarse de los otros clubes— por el buen juego ofensivo, las grandes individualidades de creación, el riesgo en ataque, y menos por lo táctico-estratégico, e incluso —por qué no decirlo— el temperamento y el empuje incansables.

Comparar este River con casi cualquier equipo del club que haya logrado campeonatos, incluso en los últimos años de torneos cortos (esos cuyo sentido es que permiten ventas rápidas), constituye un ejercicio duro e incluso triste ya no para el hincha, sino para cualquier buen aficionado al fútbol. Un ejercicio de inconfundible autoengaño para cualquier aficionado no educado en este fútbol ultraexitista actual, porque se sabe que el torneo no sirve más que para contar una estrella más en la guerra de números que seca el juego, y obliga a poner el orgullo de hincha en la estadística y ya no en el estilo. El torneo ya no sirve para alegrarse de una figura nueva que ha surgido, o de un nuevo estilo alcanzado, o de nuevas sociedades en el terreno de juego. Sólo sirve para sumar en la cuenta propia y restar en la del de enfrente. Sólo sirve como alegría, pero no se sabe alegría de qué.

Esto no quita méritos al campeón que acaba de consagrarse. No es sobre este plantel, ni sobre su cuerpo técnico, sobre el que hay que cargar las tintas. El fútbol argentino —y casi con seguridad se podría decir que el sudamericano— no está en condiciones de construir grandes equipos ofensivos, creativos. Sólo excepcionalmente puede conseguir armar buenos equipos basados en la solidez, en el temperamento, en la decisión y el carácter, en la voluntad de vencer, pero no especialmente destacados por su vuelo. ¿Por qué? Porque teniendo gran mérito el estilo que prima lo aguerrido, el fútbol ofensivo requiere unos talentos que —hoy por hoy— no duran en los clubes el tiempo de maduración necesario para formar un gran equipo de ataque.



Así, casi inevitablemente, este River campeón es un desdibujado equipo en comparación con los campeones que este club supo tener. Para muestra baste un botón: si los campeones de la banda roja se caracterizaron siempre por tener un diez (ni enganche, ni media punta, ni volante ofensivo: un diez) de calidad (desde Pedernera y Ermindo Onega hasta Aimar o D’Alessandro, pasando por Alonso y Gallardo), hoy carece de esta función. Ni Ortega, ni Buonanotte, ni mucho menos Abelairas (aunque algún cronista deportivo así lo crea) son ni se desempeñan como genuinos números diez. (Ortega, como dijera Alonso definiendo muy bien el puesto que brillantemente ocupó, no es diez “porque le gusta demasiado la pelota”.)

Aquí se reúnen tristemente una tendencia del fútbol mundial y una carencia del fútbol argentino: un poco porque la función del diez ha desaparecido, y otro poco porque nadie la quiere recrear, esa figura está en declive, y es residual incluso en los clubes que forjaron su juego sobre ella.



Se suele decir que la causa de esto es la preferencia del jugador polifuncional por sobre el especialista. Se aduce que el jugador especializado en una sola función resta más de lo que aporta al equipo, dado que el juego se ha vuelto más dinámico, es decir, que exige la participación constante de todos los miembros del equipo en cada una de las jugadas de un encuentro. Por lo tanto, no puede haber jugadores que —por más desequilibrantes que sean— participen de una sola suerte del juego, como desbordar y centrar (los wines fueron las primeras víctimas de esta idea), o habilitar a sus compañeros (el diez). El actual entrenador del Atlético de Madrid lo graficó hace poco al afirmar (¿admitir?) que Riquelme ponía cuatro o cinco pases magníficos de treinta metros a sus compañeros, pero no lo decía para elogiarlo, sino para preguntarse a renglón seguido… “qué hacía Riquelme el resto del tiempo”.


Esto en parte es cierto, pero encubre una preferencia por un tipo de juego. En efecto, lo que se prefiere no es el jugador polifuncional sin más, sino el polifuncional dentro del juego de presión, obstaculización y destrucción del fútbol del adversario. Para decirlo más claro: la polifuncionalidad no va a terminar con los volantes recuperadores, sino más bien todo lo contrario, al punto que comenzó siendo uno -el volante-tapón-, luego a éste se le sumó un ayudante -el ventilador o cuarto volante- y hoy ya son dos fijos centrales -el doble cinco-, cuando no una línea de tres delante de la defensa. Sin embargo, ya se ha cobrado a los wines y va en camino de hacerlo con los número diez. Sin duda, la destrucción del juego adversario es una fase clave del fútbol, incluso del ofensivo, pero no lo es todo. Sólo cuando lo es todo, sólo cuando se juega a presionar y nada más, sin saber luego qué hacer con ese balón recuperado (momento en el que deberían aparecer el diez… y los wines), entonces el diez no tiene ya lugar, porque se juega a quitarle el balón al otro, ni siquiera a tenerlo uno. Como decía Maradona hace poco “dale la pelota al más tronco del equipo contrario y presionalo”…



Entonces este River es una metáfora del fútbol argentino, como siempre lo ha sido, para bien y para mal. No resiste la comparación con los campeones anteriores del club, ni siquiera con los de tiempos recientes (léase fines de los 90 y comienzos de la del 2000).

Sus méritos son acaso los únicos que la estructura del fútbol argentino, que es la del fútbol mundial, permiten hoy desarrollar: anímicos, temperamentales, de voluntad y decisión. Valores necesarios pero no suficientes, siempre y cuando de buen fútbol ofensivo se hable. Es decir, cuando se habla de clubes como el último campeón del fútbol argentino.

15 de enero de 2008

La estadística y la interpretación del juego

Las estadísticas tienen cada vez más lugar en el fútbol. En buena medida, gracias a la televisación de los partidos. La televisión es un lugar privilegiado para dar a conocer los datos relativos a porcentaje de posesión y recuperación del balón, remates al arco, córners, tiempo neto de juego, etcétera.

En el fútbol argentino, a diferencia por caso del español, otro dato de enorme relevancia
—especialmente para los hinchas, no tanto para los aficionados— es el historial de cada equipo contra los demás. Esto se lleva al paroxismo en el caso de los clásicos, al punto de que hay auténticas disputas historiográficas entre académicos para dilucidar si son, digamos, 56 ó 55 los triunfos de un equipo u otro, sobre un total de 133 partidos disputados…

Pero ¿se conoce algo del fútbol como juego a través de las estadísticas?



El fútbol no es matemático, exacto, susceptible de ser explicado o atrapado (¿encerrado?) por una estadística. En ese sentido, es similar a cualquier otra actividad humana creativa. Esto remite a un problema metodológico que muchas veces se soslaya: la estadística suele presentar, y sus receptores así los suelen interpretar, los datos como hechos, como reflejo exacto o puro de unos presuntos hechos duros, independientes de la forma de mirarlos o relevarlos del que hace la estadística. Como si fueran, en definitiva, la verdad. Ahí radica la potencia autolegitimadora de la estadística. Lo que no se tiene en cuenta es que el dato no es el único modo de dar cuenta de una misma situación, y que además el dato debe en cualquier caso ser interpretado, pues él solo no dice nada: el que lo lee lo tiene que hacer hablar. Sin ir más lejos, el propio resultado de un partido no necesariamente explica el trámite de éste.

Los remates

Veamos, por ejemplo, la cuestión de los remates de un equipo durante un partido. La estadística suele distinguir entre remates al arco y remates afuera. El criterio que organiza esta distinción presupone que el remate al arco es más peligroso que el remate afuera. Así, la estadística invita a deducir que a más remates al arco, más peligro ha producido un equipo, y por el contrario, cuanto más remates afuera, menos peligro o incluso menos calidad del equipo (un ataque con menos puntería o menos coordinado, digamos).



Esto en el fútbol, sencillamente, no es verdad. La correlación sugerida por el criterio que organiza la estadística entre tiros y poder ofensivo demostrado no es cierta. Baste con recordar que el remate de Pelé contra Mazurkiewicz (ver fotos arriba), en la semifinal Brasil-Uruguay del Mundial de 1970, sale afuera, rozando el palo del arco uruguayo (en 1972, Alonso lograría hacer ese gol, contra Independiente, lo que le valió el apodo de "Pelé blanco" [ver foto abajo]). Igual suerte corre el disparo de Maradona en el amistoso Inglaterra-Argentina jugado el 13 de mayo de 1980 en Wembley (ver fotos abajo), en la famosa apilada que significa a la postre el borrador de “la jugada de todo los tiempos” del Mundial de 1986, ante el mismo rival.

Por el contrario, una mala definición de un delantero cualquiera, solo ante el arquero, en la que éste termina conteniendo la pelota, no es otra cosa que un tiro al arco. También lo es un tiro libre técnicamente mal ejecutado, que el arquero atrapa sin esfuerzo alguno. O un tiro (“una masita”, “le pegó con el diario”) de 25 metros, recto, de puntín, que el arquero para con sus pies…



¿Dónde hay más coordinación, técnica, peligro en definitiva, en un tiro al arco o en un tiro que se va afuera? El criterio estadístico es insuficiente, cuando menos, para indicar lo que pretende. Esa distinción entre tiros al arco y tiros afuera no da cuenta de lo que se busca explicar: cuánto peligro ha creado un equipo durante un tiempo o todo el partido. Objeciones similares se pueden hacer con otros datos (goles convertidos, puntos obtenidos, rachas de victorias o derrotas, etc.)

Los historiales

Otro problema se plantea con los famosos historiales. Algunos afirman que las estadísticas “están para romperlas” o quebrarlas, mientras que otros —los hinchas sobre todo, en especial cuando el dato les favorece, pero también algunos periodistas deportivos— las absolutizan como verdades insuperables. Así, o bien no sirven de nada como antecedente, o bien “nacieron hijos nuestros, hijos nuestros morirán”…


Ni una cosa, ni la otra. El historial entre dos rivales, especialmente en los clásicos, no se puede afirmar que no tiene ninguna relevancia, pero tampoco que tiene la relevancia que el hincha cree que tiene. Y no por una cuestión de grado, sino porque su importancia radica en otro sitio diferente del que comúnmente le atribuye el hincha.

El historial entre dos equipos tiene relevancia no en sí mismo, sino en la medida en que es conocido, principalmente, por los involucrados directos, es decir, técnicos y jugadores (aunque también por los indirectos, los hinchas en la calle y en la cancha). Y esto porque es un elemento que contribuye o puede contribuir junto con otros para construir la autopercepción o autoimagen de cada equipo, y también una imagen del rival. Ambas imágenes, en un juego que supone un choque frontal, sin mediación (una suma cero: lo que gana uno lo pierde el otro), es decisivo. El fútbol es (también) un estado de ánimo.

Por eso, es más probable que para los involucrados directos pese más la estadística reciente, la que los ha tenido como protagonistas, pues remite a una experiencia subjetiva propia, no ajena. No obstante, las estadísticas de un tiempo más lejano también pueden influir —siempre que sean conocidas por esos involucrados directos; en esto suelen jugar un papel clave los hinchas, que se las hacen saber en la calle y en la cancha—, pues crean un clima, una sensación, una idea de qué puede pasar o de qué va a pasar en el partido.

Los hinchas conocen bien esa sensación. Nada peor para un hincha que ese miedo o fatalismo que lo invade cuando su equipo le va ganando a ese otro con el cual siempre pierde, o está a punto de consagrarse en un torneo que se le ha escapado increíblemente en otras oportunidades, porque siente no obstante que al final se cumplirá el sino de la derrota… Eso mismo les pasa a los jugadores o a los técnicos. Son las profecías autocumplidas: si tengo la sensación de que al final perderemos, ya estoy contribuyendo a que eso ocurra.


Precisamente porque es importante que los involucrados directos conozcan ese historial, es que hay un elemento contextual, que las estadísticas no captan, que se está volviendo decisivo para minar el poder de la estadística: el cambio continuo de los planteles profesionales. Porque la identificación con el club es menor, por no decir nula, lo cual lleva a que los jugadores (e incluso técnicos) no conozcan la historia particular del club: sus traumas históricos (rivales, torneos, instancias que se suelen atragantar…).

Los datos y el sentido

En definitiva, el dato estadístico no debe ser visto como un reflejo puro de la totalidad del hecho que busca explicar, sino sólo como una posibilidad, un tipo de encuadre del hecho, discutible y dependiente de otras variables externas que muy a menudo son puestas de costado. El dato, además, debe ser interpretado.

El fútbol, en tanto acción humana, tiene un sentido que es lo que se debe buscar reconstruir y entender. La estadística, sobre todo en estos tiempos exitistas, se vale del dato para clausurar ese sentido, presentando una última palabra irrefutable. Cuando esto es así, se está entonces ante el síntoma de que esa estadística obstruye más que lo que ayuda a la comprensión de lo ocurrido, pues anula la interminable dinámica de interpretaciones a que el fútbol da lugar por ser un juego.

17 de diciembre de 2007

El día antes

En el fútbol, tal vez más que en cualquier otro juego, la derrota y la victoria están muchas veces separadas por una barrera débil y vidriosa. Se trata, por tanto, de un juego matizado, donde domina el gris. Sin embargo, el blanco y el negro son los colores con los que habitualmente se lo pinta.

Salvo excepciones, los medios y también los hinchas, hacen ver y ven la realidad del fútbol en términos excluyentes de éxito (victoria) o fracaso (derrota). Se opera así una reducción brutal de la comprensión del juego.

Así como la derrota y la victoria suelen estar en el filo de la navaja en cada partido, otro tanto ocurre con los ciclos más exitosos de los equipos.

En efecto, esos ciclos suelen arrancar de situaciones malas o muy malas, y —lo que es más importante— sin grandes cambios de nombres. Así ocurrió con los mejores ciclos de al menos tres de los grandes argentinos: el Racing del ’66, el River del ’86 y el Boca del ’98.

Sin embargo, cuando un equipo —en especial si es de los denominados "grandes"— se encuentra en un presente malo en términos de juego y resultados, tal situación se presenta y ve como algo irremediable, como un completo y absoluto fracaso, del cual nada cabe ser conservado. No casualmente, los aficionados de River Plate cantaron en los últimos partidos del recién finalizado Apertura ‘07 aquello de “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”.

El Racing del ‘66

Al finalizar la primera rueda del torneo de 1965, Racing, que había ganado su último campeonato en 1961, ocupaba el último lugar de la tabla de posiciones. Su técnico José García Pérez renunció y el 19 de septiembre, después de que varios entrenadores rechazaran el cargo, asume Juan José Pizzutti, que había tenido un inicial y fugaz paso como técnico en Chacarita.


Con los mismos jugadores y unos cambios posicionales —Perfumo pasó de “6” a “2” y Basile, de “5” a “6”—, debutó ganándole 3-1 a River, entonces puntero del campeonato, e inició una gran remontada en la segunda rueda que, a la postre, se continuaría en una racha histórica hasta alcanzar, en el torneo siguiente, 39 partidos sin derrotas. Al final del torneo de 1965, y después de 14 fechas invicto, alcanzó la sexta posición sobre 18 equipos. Había escalado 12 puestos.

"Al iniciar mi ciclo en Racing, en 1965, no prometí absolutamente nada, porque las cosas estaban muy difíciles y peleábamos el descenso, pero con el correr de los partidos los jugadores empezaron a creer en el estilo de juego, en el entrenador y, sobre todo, en ellos mismos", explicaba Pizzutti durante una charla en noviembre pasado.

Cabría decir que nadie vió el inicio del ciclo del “Equipo de José”, cuyos máximos logros fueron: establecer —desde el primer partido que dirigió Pizzutti— el récord de 39 partidos sin perder en torneos oficiales argentinos (cayó en la fecha 26 del torneo de 1966 frente a River Plate por 2-0 en el Monumental; véase más abajo la correspondiente tapa de El Gráfico), que duraría treinta y tres años;
coronarse campeón de 1966 (incorporando a Mori, de Independiente; a Nelson Chabay; a Norberto Raffo y a Jaime Martinoli, de Banfield; más la vuelta de Italia de Humberto Maschio, la figura del equipo) perdiendo un único partido; ganar la Copa Libertadores, y luego la Intercontinental, el 4 de noviembre 1967, siendo el primer equipo argentino en conseguirlo.
En total, la campaña de ese equipo de Racing, desde el 19-9-65 al 17-12-67, fue la siguiente: jugó 93 partidos, ganó 45, empató 35 y perdió 13. Convirtió 136 goles y recibió 77. La racha internacional de 1967 fue así: jugó 23, ganó 16, empató 4 y perdió 3. Marcó 47 goles y recibió 16.

El River del ‘86

River había ganado el campeonato Nacional de 1981, bajo la dirección técnica de Alfredo Di Stéfano, que sustituía al despedido Ángel Labruna. No obstante, la base de ese equipo era la que Labruna había constuido en 1975, más la incorporación —a comienzos de 1981— de Mario A. Kempes, quien marcaría el gol decisivo en la final contra Ferrocarril Oeste.

El recambio de jugadores, que ya había empezado el propio Di Stéfano, contribuyó para que River no volviera a ganar el torneo hasta la temporada 1985-1986. Durante ese lapso realizó, entre muchas malas campañas y continuos cambios de técnico, la peor campaña de su historia en 1983, al quedar anteúltimo (no descendió por el sistema de promedios decidido en 1982).

En la última fecha de la primera rueda del torneo de Primera División de 1984, el equipo millonario pierde el 5 de agosto de visitante con Unión de Santa Fé por 5 a 1 y el técnico Luis Cubilla se va. Había conseguido 6 victorias, 8 empates y 4 derrotas, pero el rendimiento del equipo era peor que lo que los números indicaban, especialmente a partir de la clarísima derrota en ambas finales del Nacional 1984 contra Ferrocarril Oeste, que se jugaron en mayo, ya iniciado ese torneo de Primera División. Luego de varios técnicos interinos, el 30 de septiembre asume la dirección técnica Héctor Rodolfo Veira. Bajo su conducción, y ya sin poder pelear el campeonato, River pierde 4, gana 7 y empata 4 partidos, y finaliza cuarto el torneo que consagra a Argentinos Juniors.


Para el Nacional de 1985, jugado en la primera mitad del año, River mejora notablemente, y pierde el acceso a la final a manos de Vélez Sársfield, que acabaría perdiendo con Argentinos Juniors el torneo. Luego, como es sabido, se consagra campeón del campeonato 1985-86 con diez puntos de ventaja, cinco fechas antes del final, jugando un fútbol brillante y obteniendo triunfos históricos, como el 2-0 ante Boca en la Bombonera, “el día de la pelota naranja” (en verdad, sólo se jugó el primer tiempo con ese balón, por la cantidad de papelitos que había en el terreno de juego; el segundo gol, en el segundo tiempo, lo hace Alonso de tiro libre con la tradicional pelota Tango blanca).

Del equipo titular (Pumpido; Gordillo, Borelli, Ruggeri y Montenegro; Enrique, Gallego, Alfaro y Morresi; Amuchástegui y Francescoli), en esa temporada se habían incorporado Ruggeri, Amuchástegui y Morresi (también se habían sumado, entre otros, Gareca y Nelson Gutiérrez). Veira, como Pizzutti en Racing, se manejó con los mismos jugadores, e hizo unos pocos cambios posicionales decisivos, según el mismo contaba: “pasamos a Alfaro a la izquierda, retrasamos unos metros a Enrique”. No hace falta decir que ese equpo, al que se sumaron Juan Funes y Antonio Alzamendi en reemplazo de Amuchástegui y Francescoli, ganaría la Libertadores y la Intercontinental en 1986 por primera vez para el club de la banda sangre.

Ese 14 de diciembre, en Tokio, se cerraba el ciclo más brillante en términos de resultados, y entre los dos o tres más lucidos en cuanto a juego, de River Plate en su historia.

Otra vez, un ciclo exitosísimo había comenzado insensiblemente, a mitad de torneo, en medio de una crisis de juego y resultados, y apoyado en los mismos jugadores que venían de malas y/o irregulares campañas.

Así lo confirmaría Veira, años después, al relatar cómo fue el
momento de su llegada: "El clima era bastante duro. El equipo tenía un bajo promedio y había que levantarlo. Pero la idea era salir campeón. Y fuimos armando el plantel de menor a mayor. Me encontré con un grupo de muchachos de alta calidad, competitivo, grandes jugadores y muy buenos a nivel humano. Las características técnicas eran bárbaras. Se armó un equipo espectacular, sin envidia ni egoísmo. El que jugaba daba lo mejor y al que se quedaba afuera lo alentaba. Y al final quedó en la historia".

El insólito pero real objetivo prioritario del club de salvarse del descenso lo corrobora Norberto Alonso: "Cuando volví a River en el ´84 el equipo tenía problemas con el promedio. Entonces estaba arreglando el contrato con un dirigente y me dice: 'estamos preocupados por el tema del descenso'. Ahí me levanté y le respondí 'en mi mesa no se habla de descensos, se habla de campeonatos'".

Sólo el técnico, probablemente, entrevió las potencialidades que ese equipo tenía. De ello da fe el hecho de que escribiera en 1984, en el pizarrón del vestuario: "Rumbo a Tokio. Con serenidad, con humildad y con trabajo, este plantel puede quedar en la historia de River".

Del equipo que se consagraría en Japón (Pumpido; Gordillo, Gutiérrez, Ruggeri, Montenegro; Enrique, Gallego, Alonso y Alfaro; Alzamendi y Funes; ver foto debajo), sólo tres se habían incorporado bajo la dirección de Veira (Ruggeri, Gutiérrez y Funes), mientras uno en verdad había vuelto al club (Alzamendi, que ya había estado en 1982).



Por otra parte, cabe destacar que la delantera titular del equipo fue transferida antes del inicio de la Copa Libertadores. En efecto, su principal estrella junto con Norberto Alonso, Enzo Francescoli, pasó al Racing de Paris, y el hasta entonces wing derecho titular, Luis Amuchástegui, también fue transferido a mediados de 1986. Eso impidió que Francescoli disputara la Copa Libertadores de ese año, en la cual Amuchástegui participó muy poco. También fueron importantes en ese ciclo Ramón Centurión, incorporado por Veira, y Néstor Gorosito, proveniente de las inferiores, así como otros jugadores surgidos del semillero, que no obstante jugaron menos: Pedro Troglio, Claudio Caniggia y Sergio Goycoechea.

El Boca Juniors de 1998

El ciclo más exitoso de la historia de Boca Juniors se inicia en julio de 1998. En ese momento, el último torneo local que había obtenido Boca era el Apertura 1992, el cual a su vez lo había alcanzado once años después del Metropolitano 1981.

Entre 1992 y 1998 hubo campañas irregulares y malas, y alguna excepción. Muchos técnicos de estilos diferentes y hasta opuestos pasan por el club: Menotti (1993-94), Bilardo (1996) y Veira (1997-98), por nombrar los más conocidos.

Entre el Apertura 1992 y el Apertura 1998, cuando vuelve a ser campeón, Boca disputa once torneos. Obtiene el subcampeonato en el Apertura 1997, dirigido por Héctor Veira, con un puntaje propio de un campeón (44 puntos: 13 ganados, 5 empatados, una derrota). Fue superado sólo por un punto por uno de los mejores conjuntos de River Plate que se veían tras el multicampeón de 1986. En los restantes torneos, Boca obtuvo tres cuartos puestos, un quinto, un sexto y dos séptimos lugares, un noveno, un décimo y un decimotercer puesto.

Especialmente crítica es la manera en que pierde el Apertura 1995. Tras la vuelta al club de Diego Maradona después de catorce años, Boca marcha invicto y alcanza a tener seis puntos de ventaja sobre el segundo, Vélez Sársfield, a falta de cinco partidos (quince puntos en juego). Pero llegará a la última jornada ya sin posibilidades de ser campeón.

En efecto, sólo alcanza a empatar tres partidos y pierde dos de los últimos cinco. Uno de modo espectacular contra Racing en la Bombonera (4-6), que significa la pérdida del invicto y el inicio de la caída, que se hace definitiva con la derrota en el siguiente partido por 1-2 frente a Estudiantes —tras ir ganando 1-0 y contar con un jugador más—. El equipo platense, además, hizo esa noche de local muy lejos de su estadio y muy cerca de la Bombonera, en Independiente. Vélez gana esos cinco últimos juegos y se corona campeón, dirigido por Carlos Bianchi.

Durante ese lapso entre los dos torneos obtenidos de 1992 y 1998, Boca sufre algunas notables derrotas como local, ciertamente inusuales en su historia: 0-3 contra River Plate en el Clausura 1994, equipo que en la fecha siguiente se consagraría campeón invicto; la ya citada por 4-6 contra Racing Club en el Apertura ’95; 0-6 contra Gimnasia y Esgrima La Plata en el Clausura 1995, el día en que se inauguraba la remodelación parcial del Estadio Camilo Cichero; y 0-4 contra Platense, en la segunda fecha del Clausura 1998.

Durante esos años, el mayor logro de Boca Juniors es la supremacía que alcanza en los clásicos contra River Plate. Entre el Apertura 92 y el Clausura 98 (el inmediatamente anterior al primero ganado con Bianchi), se disputan 14 clásicos (incluidos dos partidos internacionales por la Supercopa 1994): Boca gana 8, River sólo 2 y empatan 4.

Algunas de esas victorias frente al tradicional rival son notables, como el 4-1 en la Bombonera el 14 de julio de 1996, con tres goles del ex jugador del semillero de River, Claudio Caniggia. Esta victoria tuvo una significación especial porque el conjunto millonario acababa de alzarse con la segunda Copa Libertadores de su historia.

El ciclo de 1998 se inicia el 2 de julio cuando Carlos Bianchi asume la dirección técnica del equipo. Hacía seis años que Boca no salía campeón. Bianchi venía de llevar a Vélez Sársfield al mayor ciclo de triunfos de toda su historia.


En el torneo anterior, el Clausura 1998, Boca había quedado sexto, sufriendo algunas derrotas por goleada contra equipos denominados “chicos”: la referida más arriba contra Platense en la segunda fecha, y un 1-4 contra Ferrocarril Oeste en la fecha 13 de visitante, que cierra las posibilidades del campeonato y provoca la salida del técnico Héctor Veira.

Las diferencias internas entre los jugadores trascendieron públicamente cuando al perder toda chance de alcanzar ese campeonato, uno de los principales jugadores del equipo, Diego Latorre, afirmó “esto parece un cabaret y no un equipo de fútbol. Cada vez que perdemos hay declaraciones en contra de unos y otros”.

Bianchi logrará los dos primeros torneos que disputa, el Apertura 1998 y el Clausura 1999. El primero de manera invicta, y en el segundo sólo pierde un partido. Alcanza así el récord de 40 partidos sin derrotas en torneos oficiales del fútbol argentino, y por tanto destrona… al Racing de Pizzutti (39 cotejos sin perder en 1966).

Como el Racing del ’66 y el River del ’86, logra alcanzar la cima de éxitos a la primera, pues logra el Apertura, el Clausura, la Copa Libertadores y la Intercontinental la primera vez que los disputa.

El Boca del ’98 supera en logros a Racing ’66 y a River ’86, pues alcanza el bicampeonato local (si bien cada torneo es ahora de una rueda), y el bicampeonato de la Libertadores (antes obtenido por Boca en 1977 y 1978). En la Intercontinental no pudo repetir el logro que había alcanzado ante el Real Madrid en 2000, al caer en el tiempo de alargue ante el Bayern Munich en 2001.

Bianchi logra formar un once que pronto “se repite de memoria”: Córdoba; Ibarra, Bermúdez, Samuel y Arruabarrena; Basualdo, Serna, Cagna y Riquelme; Guillermo Barros Schelotto y Palermo. De ese equipo, sólo Ibarra había llegado con Bianchi al club (también lo hicieron Pereda y Barijho; Basualdo había retornado desde Vélez).


En el equipo que se consagra el 28 de noviembre de 2000 ante el Real Madrid en Tokio, Traverso, Matellán, Battaglia y Delgado reemplazan a Samuel, Arruabarrena, Cagna y Barros Schelotto, respectivamente, tomando como referencia aquel equipo tipo inicial ya mencionado. Salvo Marcelo Delgado, incorporado a inicios de 2000, el resto de los “reemplazantes” ya estaba en el club antes de la llegada de Bianchi.

A modo de conclusión

Estas notas pretendían recorrer el inicio de los ciclos más exitosos de tres equipos grandes argentinos. Los tres se dieron en décadas diferentes y, por tanto, en épocas diferentes del fútbol, tanto como juego cuanto como objeto de mercado.

Podrá parecer que en estos apuntes se cae en algunas contradicciones. Primera, la sobrevaluación de la figura de los técnicos como creadores de equipos ex nihilo (e incluso en la valoración positiva de la sustitución del entrenador como remedio, en tanto revulsivo para situaciones críticas). En segundo lugar, y contra la proposición inicial de crítica del maniqueísmo exitista, pareciera que paradójicamente se cae en una valoración del éxito per se.

Pero no. Contra la sobrevaloración del papel de los técnicos, lo que en estas notas se busca enfatizar es que, en los tres casos, los jugadores que protagonizan la recuperación básicamente eran los mismos, pues en su mayoría los planteles quedaron conformados por los integrantes heredados del ciclo inmediato anterior. El cual, por otra parte, en dos de los casos (Racing y River), era similar en lo malo (ambos equipos se enfrentaban al fantasma del descenso), y, en el tercer caso (Boca Juniors), era malo aunque no tan crítico como aquéllos, si bien se añadía el componente de la fuerte descomposición interna del plantel, y la herencia de 12 torneos con una performance notablemente por debajo de la media histórica del club, en una época —como los ’90, y a diferencia de los ’60 u ‘80— de mayor presión mercantil sobre los clubes.

Por lo tanto, lo que se quiere subrayar es lo opuesto a la exageración del rol unilateral del director técnico. Por el contrario, en los tres casos, es más bien una evanescente conjunción entre técnico y jugadores lo que parece estar en la base del éxito colectivo. En los tres casos, además, no se trató de una mera serie de triunfos estadísticos, sino de la conformación de grandes equipos de fútbol, más allá de las diferencias de épocas, estilos y escuelas.

“¿Dónde está la Novena Sinfonía antes de crearse?”, se pregunta el filósofo Isaiah Berlin en uno de sus textos. Algo similar podría interrogarse acerca de esa creación colectiva hecha de habilidad y técnica que es el fútbol. Y, en ambos casos, un cierto misterio parece envolver la respuesta, acaso por tratarse de sendas actividades humanas y creativas.

7 de diciembre de 2007

Fisonomía del exitismo


El fútbol se disfruta de muchas maneras. La más común es como aficionado o hincha. Pero también, aunque menos frecuentemente, como observador. Hay una tensión entre hincha y observador, aunque habitualmente el hincha, incluso a su pesar, sabe las verdades del buen observador.

Pero tal vez haya un modo único de privarse del disfrute que el fútbol puede dar: el exitismo. El exitismo es la asimilación de lo bueno al éxito y de lo malo, al fracaso. Esa asimilación, además, es absoluta. Todo lo hecho por un equipo es bueno si ganó y, a la inversa, todo malo si perdió.

“La gloria o Devoto”, como en su momento dijo —todavía con algo de literatura— el Bilardo jugador. “Nadie se acuerda del
segundo”, diría el mismo protagonista unos veinte años después,
ya siendo técnico, y quizá por eso despojado de todo vuelo.
(Hay otras igual de sofisticadas: “sólo sirve ganar, el que pierde es
un idiota”; “hay que ganar como sea”; o, como se dice en España, “ganaremos por lo civil o por lo criminal”.)

Probablemente el fútbol sea el juego que más pierde con el exitismo, porque su lógica es la más impredecible, frágil y matizada de todos los juegos, la que más cabida da a la injusticia en el resultado (no en el trámite: ahí radica lo apasionante). A diferencia de otros juegos, en el fútbol el que juega peor (atención: no menos estéticamente, sino peor) puede incluso ganar.

El exitismo (“el que gana es el mejor”) consiste en pensar hacia atrás. Va del lunes al domingo. De la chapa al saque inicial. Del resultado al juego, en definitiva. La lógica exitista acaba presentando todas las acciones del juego como un encadenamiento irreversible y necesario hacia el punto final. Como si no hubiera podido ser de otro modo.

Pero el fútbol no es necesidad, sino contingencia. El resultado no es consecuencia mecánica del juego. Entre ambos, se puede colar lo imprevisible. Eso es lo que el exitismo no puede tolerar, ni quiere pensar. No casualmente, una característica de los exitistas —sobre todo si son entrenadores— es que buscan controlar los elementos del juego como si de una ecuación se tratara.

El fútbol actual —comentadores, protagonistas y aficionados— está saturado de exitismo. La disminución de la calidad técnica de los jugadores, el aumento de la explotación de los protagonistas bajo la forma de inflación de partidos y torneos, y el predominio de la dicotomía “ganadores vs. perdedores” como valor social en los últimos años, tal vez hayan contribuido a esta glorificación del triunfo como fin en sí mismo, capaz de explicar todo retroactivamente.

Para comentar el resultado, no hace falta saber del juego. Pero para entender el juego, hay que olvidar el resultado.